miércoles, 26 de octubre de 2011

Sobre "Doble de riesgo" de Cristina Lobaiza



Doble de riesgo se abre con una dedicatoria: A la memoria de mi madre. Es esta la primera señal de la escritura, del libro abierto.
Quizás nada en nuestras vidas está más ligado a la memoria que la madre. Lezama Lima decía: “mi madre está siempre en la memoria”. Algunos saberes, adjudican a la madre el valor simbólico de la luna, cuya mayor virtud, se dice, es la memoria, sobre todo la sensible memoria emocional de los seres.

Luego de la apertura hay dos citas de la Apología de Sócrates que concluyen con una interrogación acerca del enigma, aludiendo a lo indescifrable del deseo de los dioses.
Ese enigma que puede estar habitando cualquier espacio del universo, por pequeño que sea, y, por una fisura inesperada, puede ingresar el develamiento: lo que permite a nuestro campo de observación derivar hacia dimensiones renovadas.

Dejarse llevar por el impulso del lenguaje es permitir que aquello que nos precede en el pensamiento se haga presente, pienso, ahora, en ese poeta extraño, autor de Una jugada de dados..., este poeta, Mallarmé, escribió alguna vez: “La destrucción ha sido mi Beatriz”. Que alguien se acerque a un libro, cuyo  lenguaje roza el espíritu libertario, como Doble de riesgo, con ánimo de hablar de él, de acercar de algún modo y ensayar  una opinión conceptual sobre esa escritura corre un riesgo, que es otro respecto al de la autora pues ella enfoca su escritura sobre una especie de complejo molde de indescifrable forma, no hay nada más, aquí, que la forma del soneto, eso que sabemos es su métrica estricta. A esa métrica le suceden las palabras de Lobaiza, ella deja deslizar sus palabras como en un juego en el que los conceptos fluyen y dejan el aura de su sello.  Hablar de esa peculiaridad de su lenguaje, su modo expresivo es el riesgo de destruir algo de lo que nombran la fragilidad de los versos, cuya vibración es como lo etéreo que se encuentra a cada instante, algo que pareciera espejarse y darle forma a la estructura mayor que todo lo contiene. Esta estructura, cuidada estructura que se construye línea a línea, puede mirarse desde ángulos variados y llegar hasta la idea de aquel Lope que dedicó catorce versos a Violante y dejó plasmada para siempre la receta de esta escritura cuya forma fija nos dice que: “Catorce versos, dicen es soneto” y visto desde otro saber como la cábala el 14 es mano y mano es la herramienta que traza el signo que luego deviene definitiva forma.

Doble de riesgo son nueve sonetos intervenidos por Diego Melero, en las intervenciones se ve una marca distinta a la de quien escribe. Lobaiza es la voz trazada desde una recorrido donde lo memórico, lo dejado atrás, pareciera un alegato, algo como un bramido suave de la lengua cuyo anhelo es quitar las esquirlas que la vida prodiga, de un tirón, sin queja alguna.

Diego Melero va dejando en su intervención una especie de huella que cae en vertical y en esa huella conceptualiza el escensario del poema. Son como pequeños escolios que recorren, de modo parco y sustancial, el espíritu del poema. Esto lo hace desde una óptica distinta y complementaria.

Claro que una intervención puede, como en este caso, trasladarse de poema en poema, ir bajando por el costado y hacer la señal indicatoria donde el otro es explicado por signos que no coinciden con los del escriba, más bien lo interpretan, como si lo tradujeran hacia otro idioma, donde las referencias de lo escrito, el escrito inicial, fuera despojado de la esencia emocional y ese cuerpo comenzara a tener un nuevo y recreado sentido, algo distante de aquello que le dio el primer latido.

Uno, como uno, por ejemplo, desde otro lugar, puede decir que lee uno de estos poemas y se escapa del sentido y juega a tomar pares de palabras en donde el sentido inicial se trastoca y, a la vez, cobra un giro inesperado. Por ejemplo, en el primer soneto podemos tomar pares de palabras, al azar, y construir este esquema: muñecas/pecas; marcas/chicas; loca/bodas y nada/todas. Podríamos continuar el juego de experimentación y tal vez dibujar, cada uno de nosotros, el Doble de riesgo propio, el que cada uno pueda construir y así entre todos lograríamos un insospechado mandala, cuyo dibujo expresaría un insólito lenguaje colectivo alejado años luz del lenguaje primitivo.

Vemos, entonces, aquí, que en esto de desintegrar encontramos nuevos sentidos en la escritura: oposiciones y conjunciones donde antes habíamos leído otro sentido. Es decir, podemos ver/leer el lenguaje poético como la excelencia del lenguaje articulado donde, cada palabra, toma un valor insustituible para poder expresarse como conjunto, de allí que el valor compositivo derive, siempre, en un valor que, sabemos, requiere de arduo tiempo de maceración y dominio para devenir arte, es decir, repetición del gesto.

Lobaiza ha dejado en estos nueve poemas no sólo una mostración de la posibilidad de construcción, perfecta desde la receta apuntada de la forma fija, sino además el modo interno de manejar con entera libertad el lenguaje, haciendo de él algo que nos toca el cuerpo desde una radiación que seguramente nace de lo insondable de la vida.

Creo que la línea poética que trabaja Cristina Lobaiza tiene perfiles de identidad que la destacan de otras voces por un matiz diría, arriesgado e infrecuente, este matiz es visible en expresiones concretas de sus poemas donde juego y dolor se cruzan y parecieran saludarse hasta con amabilidad, esto es infrecuente, lo hemos visto ya en Cross Talk y lo renueva ahora en este nuevo libro que, agradecemos, nos haya confiado.

En cuanto a la forma utilizada en este libro, el soneto, es una métrica que en mi ciudad fue muy trabajada. Muchos de los poetas más reconocidos fueron virtuosos sonetistas, hay algunos, poetas vivos aún que han superado los cinco mil sonetos, como el caso de Daniel Vera, extraordinario poeta. Otros como Lugones y Filloy también practicaron y ejercitaron esta forma. Hubo un tiempo de escritura de esta forma donde era común la difusión de concursos de sonetos, Alción misma, en otro tiempo, publicó una Colección de libros de sonetos con el nombre de Violante, en homenaje al poeta español que antes nombrara.

Dejaré para Uds. La lectura de un soneto que escribió el poeta Emilio Pizarro por los años 25 del siglo XX. Poema que en alguna medida confirma la mirada de Sarmiento sobre la cultura cordobesa definida en su Facundo. Este poeta se suicidó años más tarde con un revólver que le había pedido prestado al Comisario Carceglia. Como Uds. pueden apreciar, toda una consecuencia entre acción y pensamiento.

Dice el soneto:

Tiene la Docta un río que es un hilo
De agua apestosa que se arrastra, lento
La Catedral confuso monumento y
La Universidad que es un asilo.

Ciudad de todo lo que causa estrilo
Ciudad de metejón y aburrimiento.
Ciudad que pone en fobia al más tranquilo
Tu virtud fue el estrilo de Sarmiento.

Ir al cine, chismear, dormir lasiesta
Hacer sobre política una apuesta,
Contarle el abolengo al peluquero.

Esa es tu vida cultural y artística,
Cuándo te perderé Docta de vista,
Cuándo saldré, doctor, de este agujero.


                                                                        Juan Maldonado, 19 de octubre de 2011